martes, 26 de abril de 2011

Nosotras

Pepi es zurda. Desde que nació hasta los cuatro años todo fue bien, en su casa era aceptada sin más, tal como era. Pero cuando empezó a ir a la escuela la maestra intentó corregirla, rectificarla. La obligó a usar la mano derecha porque ser diestra es (o era en los años sesenta) lo que la mayor parte de la sociedad considera (o consideraba) que es lo correcto. A esta niña de la foto, hoy nuestra compañera de yoga en el Centro Cultural Rafael Alberti, le entristecía tener que convertirse, para complacer a un sistema ajeno a ella, en lo que no era. Su alegría natural se replegaba en el aula y se desbordaba en el patio y también al salir de clase. Explicó en casa lo que le sucedía y le sorprendió comprobar que su madre no se oponía a los deseos de los “educadores” para “enderezarla”. Decepcionada y convencida de que tratar de hacerla diestra era ir contra su impulso natural, contra su genética y su esencia, le dijo a su progenitora:
-Mamá, pero no ves que yo soy igual que papá.

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